Interfascze · Fotografía y pensamiento

El bricoleur y la pared: pensar con fragmentos

Cómo el «pensamiento salvaje» de Claude Lévi-Strauss y la lógica del usuario de Michel de Certeau iluminan una forma de fotografiar y de entender Interfascze.

En 2018 fotografié una pared en la esquina de Russell y Gurruchaga, en el Soho de Palermo, Buenos Aires. No la había buscado. La encontré. Y algo en ella me detuvo: tenía una lógica que nadie había diseñado. Nadie coordinó lo que iba a ir dónde. Y sin embargo, el conjunto funcionaba. Había una coherencia que no venía de un plan sino de otra cosa. Venía de una acumulación de decisiones autónomas que, al superponerse, producían algo que ninguna de ellas podía producir sola. Eso es una interfascze.

Cada intervención en esa pared tomó materiales existentes como imágenes, palabras, símbolos, personajes y los pegó ahí, en otro contexto, con otro significado. Nadie inventó desde cero. Todos tomaron lo que el sistema había producido y lo reorganizaron hasta que decía algo diferente. Algo que el sistema no había dicho.

El pensamiento salvaje y la lógica del bricoleur

Claude Lévi-Strauss describió esta operación en El pensamiento salvaje (1962) con un concepto que sigo encontrando extraordinariamente preciso: el bricoleur. A diferencia del ingeniero que parte de un plan y busca los materiales que lo ejecuten, el bricoleur construye con lo que tiene a mano. No desde un proyecto previo. Desde los fragmentos disponibles en su entorno. El resultado no es inferior al del ingeniero: es simplemente diferente. Produce sentido de otra manera.

Lo que me interesa del bricoleur no es solo el método. Es la relación que establece con los materiales. Para el bricoleur, cada fragmento guarda memoria de sus usos anteriores. Cada fragmento viene cargado de historia, de contexto, de significados previos. Al reubicarlo en un nuevo conjunto, esa carga no desaparece: se tensiona con el nuevo entorno y produce algo que ninguno de los dos, el fragmento original ni el nuevo contexto, podía producir solo. El sentido emerge en la relación: exactamente lo que entiendo por interfascze.

El bricoleur no inventa desde cero. Toma lo que el sistema produjo y lo reorganiza hasta que dice algo diferente. Algo que el sistema no había dicho.

De Certeau y la resignificación del entorno

Michel de Certeau, en La invención de lo cotidiano (1980), lleva esta idea un paso más lejos. Para De Certeau, los usuarios, los que habitan las ciudades, los que consumen los productos del sistema, no son receptores pasivos. Son productores de sentido. Practican lo que él llama «tácticas»: maneras de operar dentro de un sistema sin poseer los recursos de ese sistema, encontrando grietas, desviaciones, usos no previstos. El bricoleur urbano no solo construye con fragmentos: habita el sistema desde adentro y lo subvierte sin declararlo.

Esa pared de Palermo es exactamente eso. No es una obra de arte en el sentido institucional. Es una acumulación de tácticas. Cada intervención encontró una grieta (literal o simbólica) y la ocupó. El resultado no pertenece a nadie. Pertenece al proceso.

Cómo fotografío

Cuando fotografío, no solo registro lo que veo. Tomo fragmentos del mundo y los someto a una nueva lógica hasta que me revelan algo que estaba ahí pero que todavía no había visto. No parto de un plan. Parto de una disposición: la de mirar con la pregunta abierta de qué puede decir esto que aún no ha dicho.

Del bricoleur tomo el método. De De Certeau tomo la actitud: operar desde adentro del sistema, encontrar en sus propios materiales las posibilidades que el sistema no previó. Interfascze es el marco y la lente que uso para mirar. No me dice qué fotografiar. Me dice cómo leer lo que encuentro.

Esta forma de trabajar implica aceptar que el sentido no se planifica del todo. Se descubre. A veces mientras disparo. A veces mucho después, cuando una imagen entra en relación con otras y produce algo que sola no podía producir. El bricoleur no sabe exactamente qué está construyendo hasta que lo ve terminado. Y a veces ni entonces.

No parto de un plan. Parto de una disposición: la de mirar con la pregunta abierta de qué puede decir esto que aún no ha dicho.

"Espacio disponible"

En el ángulo inferior derecho de esa imagen hay un cartel que dice: «ESPACIO DISPONIBLE.»

En esa pared, no hay espacio disponible. Cada centímetro está ocupado, intervenido, cargado. Y sin embargo el cartel sigue ahí, insistiendo con su propia lógica, la lógica del sistema que lo produjo, que todavía no sabe que perdió su lugar.

Me parece una imagen bastante precisa de lo que ocurre cuando seguimos obedeciendo sistemas que ya no tienen lugar donde pegarse. Cuando las categorías que usamos para ordenar el mundo siguen funcionando por inercia aunque el mundo ya haya cambiado de forma. La pared los desbordó. El cartel no se enteró.

Fotografiar, para mí, es en parte eso: encontrar los lugares donde el sistema dice una cosa y la realidad dice otra. Donde el cartel insiste y la pared lo desmiente. Donde el fragmento, reubicado, revela algo que estaba ahí desde siempre, esperando que alguien lo mirara desde un ángulo diferente.

Pero esa pared también es otra cosa: un documento de época. Una imagen de cómo habitamos el mundo contemporáneo, superpuestos, saturados, desbordados de estímulos, informaciones y signos que compiten por el mismo espacio sin coordinarse. Vista así, la pared se parece a un Arcimboldo urbano: de cerca, fragmentos autónomos que no se explican entre sí; de lejos, una figura que de algún modo tiene sentido. El caos tiene forma. La saturación produce imagen. Y alguien, en algún momento, tiene que detenerse a mirarla.